El diario de Gabriella

Ja, creen que no me doy cuenta. Estoy acostumbrada a observar desde adentro la pasarela en la vidriera. Claro que de vidriera no tiene nada; solo es un espejo. Van entrando totalmente dormidos, saludan al pasar a media lengua y con la almohada pegada en la oreja. Ya para el mediodía vamos despertando, pasan haciendo bromas y se instalan cual sesión de terapia. Por la tarde, ya se dirigen a mis tetas más que a mis ojos. Natural, pero a mí me divierten las mañanas. Tengo que llegar demasiado temprano a la recepción para que todo esté impecable, y si recuerdo la cama por la cual llegué a este trabajo, más me vale que me esmere.

El diario de Gabriella

Soy todo oídos... ojos. Bueno, que me cuentes lo que quieras.