Ángeles y Sofías

Le decían Sofi. Eran las dos cuarenta de la tarde cuando cerró sus párpados por última vez. Eso confirmó el informe policial.

—¡Mamá! Hoy me voy a lo de Sandra a la salida del cole.

—¿Vienen a casa?

—No, su mamá nos espera en su casa; tenemos que hacer un práctico de Biología.

—Bien, hablaré con Irma, a ver si las busca entonces…

Sofi titubeó, dando sorbos a su taza.

—¿Podemos volver caminando? Irma ya deja a Sandra volver sola. Dale, yo también quiero.

Sofía entornó sus ojos en súplica a su madre.

—Sabés muy bien que si es tarde, la respuesta es no. ¿A qué hora salen hoy? ¿No tienen gimnasia?

—No, Má. Gimnasia es mañana. Hoy salimos a las dos.

—Bueno, yo hablaré con Irma. Vamos, que se hace tarde.

Sofi sonrió dejando su taza de café con leche sobre la mesada de la cocina.

—Te quiero, Má.

—Y yo, hija. Vamos, vamos… Lucas, apagá las luces del pasillo, chiquitín.

Salieron apurando las mochilas hacia la camioneta estacionada en la entrada. Comenzaban a caer algunas gotas que el otoño traía escondidas, aunque el calor todavía no aflojaba su ritmo ni temprano en las mañanas.

 

Sandra era más menuda que Sofía, y logró escapar del forcejeo —varias manos que intentaron arrancarle el guardapolvo— gritando como si se le fuera la vida en ello. Tropezó con una madera gruesa y cayó al pastizal, pero sin esfuerzo y en un salto liviano siguió corriendo, volando, y con una rodilla ensangrentada continuó por el campo de trigo con su cara empapada en lágrimas y el corazón hecho un nudo; sintió que salía algo de sangre por su boca y la mantuvo abierta; llanto y grito ahogados. Hubo instantes, segundos en que no pudo coordinar sus cuerdas vocales con el ritmo de sus zancadas. No sabía adónde pisaba, pero no pudo mirar atrás… tenía que escapar, debía llegar para salvar a su amiga y compañera. Nunca supo muy bien de qué, hasta el día siguiente. Quiso mentirse a sí misma y simular que sabía.

 

 

—Son solo tres manzanas, Mónica. El tema es el descampado. Sandra ya sabe que hay horarios en que no tiene permiso —dijo Irma, caminando alrededor de la pequeña mesa en el living.

—Salen a las dos, ¿verdad?

—Sí, a esa hora no hay peligro. Igual dejámela hasta mañana. Yo las llevo y Carlos la deja en tu casa a la hora que me digas. Si tienen más tareas, no hay problema porque estaré acá; pueden quedarse.

—Gracias, Irma. Las veo juntas y me recuerda a mí…

—Y sí… están en la edad justa. Pero no te preocupes, en serio. Si las dejo es porque conozco el barrio, a esa hora no pasa nada.

—Bueno, dale. Sandra ya le habrá dicho a Sofi, entonces. Debe estar saltando en una patita, ja.

—Supongo. Yo ya estoy preparando la tarta para el almuerzo. Hoy Carlos viene a casa; las esperamos para comer los tres juntos.

 

 

Irma estaba levantando sus manos de la mesa, después de colocar la tarta humeante sobre una bandeja de madera. Su marido, Carlos, se estaba lavando las manos en la cocina, detrás de su mujer, contándole su mañana de oficina y algunos de sus disgustos rutinarios.

El grito los paralizó. Irma corrió a la puerta.

—¿Sandra? ¿Hija?

—Mamá… —Un hilo de voz y las rodillas al suelo en el umbral de la entrada.

—¡Sandra! Hija, ¿qué pasa? ¿Por qué llorás? ¿Tu mochila? ¿Dónde está Sofi? Sandra, contestame…

Irma levantó a su hija y la arrastró contra su cuerpo. A esa altura, Carlos había dado trancos hacia el jardín del frente. Al pasar rozó el pelo de su hija con una mano y sus pupilas se encontraron con las de su mujer, pero siguió su camino hacia la calle. Miró a sus costados; derecha, izquierda.

—¡Sofiiiiiiiiii! ¡Sofíaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

Su gruesa y sonora voz retumbó en las calles, en los patios de las casas vecinas, en el cielo y en los oídos de Sandra, que escondió su cara en el pecho de su madre.

—Hija, mi amor, calmate y hablame. Decime algo, mi amor… —Irma tomó la cara de la niña, y con los ojos empapados continuó suplicando—: mirame, Sandra. ¿Dónde está Sofi? ¿Qué pasa?

Carlos comenzó a correr, desesperado, hacia un lado, luego en dirección opuesta. Unos minutos más tarde estaba en el umbral. Su mujer lo miró con esa intuición de madre, mezcla de sabiduría y miedo anestesiado. Su hija balbuceaba algo del todo, mientras ella asentía.

—Carlos, la policía. Llamá a la policía.

El hombre tomó acción de inmediato. El alboroto de sus gritos llamando a Sofía, a esa hora de reencuentros y almuerzos, provocó murmullos en las calles. Algunos vecinos ya salían de sus casas, con sus miradas en dirección al número 29 de la calle Collins.

 

 

Mónica sentó a Lucas junto a la mesa e intentó sacarle información de su mañana en el jardín de infantes.

—Hice tres dibujitos; uno es para Sofi.

Su madre sonrió con orgullo y le guiñó un ojo.

—Le va a encantar; otro más para colgar en su habitación.

—¿Y la reina? ¿No almuerza hoy en casa? —Juan Manuel se acercó a su mujer y le acarició la mejilla—. Ya me imagino… con su inseparable Sandra.

Mónica levantó los hombros y las cejas sonriendo:

—Se nos va escapando de a poco… la adolescencia. En fin, a veces nos olvidamos que somos extranjeros. Irma y su familia son un mismo idioma, y Sofi está tan feliz de haber encontrado a Sandra.

—Estás repitiendo mis palabras…

—Es la costumbre de amarte. —Era su respuesta favorita y jamás perdía la gracia. Sabía que Juan Manuel le estaba tirando un beso en el aire sin mirarla.

—A ver, campeón, que hoy usted será nuestra compañía absoluta —dijo Juan Manuel acercando la cabeza de su hijo hacia su pecho.

El teléfono móvil de Mónica sonó y vibró con más fuerza que de costumbre, o eso le pareció a ella, que se sobresaltó mirando en su dirección. El aparato iba dando saltitos al vibrar en un estante de la cocina, junto a dos juegos de llaves e impuestos a pagar. Ella llegó al teléfono justo para salvarlo de un rebote hacia el suelo. Sin embargo, cayó al cerámico y se convirtió en pedazos solo unos minutos después, al tiempo que la toalla de cocina que sostenía Mónica en su mano derecha se volvió un nudo, y el aire de su voz se cortó de un latigazo en la garganta.

—Sofía… —alcanzó a decir, antes que sus piernas se aflojaran y Juan Manuel pegara un salto de su silla para sostener a su mujer.

 

 

Dos años después, Sandra lleva una pequeña cicatriz en su rodilla. Los médicos la revisaron totalmente en varias ocasiones, porque la niña tardó casi un año en contar la historia completa de lo que alcanzó a sentir en su cuerpo esa tarde. Y lloró cada vez que los policías y detectives aparecían en el umbral de su casa. Sabía que no habían terminado, pero ella solo quería volver a ver a Sofía. Tenían una tarea de Biología por hacer… tenían que ir juntas por primera vez al recital de su banda favorita… tenían que lograr que David W. dejara de molestar a las otras niñas en los pasillos… tenían un plan imaginario que las haría volver a su país, y llegarían llenas de sueños y aventuras nuevas por contar. Tenían que… tantas cosas, que Sandra no soportaba las preguntas de rigor. ¿Hasta cuándo seguirían recordándole esa tarde?

Carlos y Juan Manuel exorcizaron sus demonios mirándose como nunca se habían mirado; Juan Manuel como si hubiera perdido él mismo una hija, Carlos como si hubiera encontrado a un hermano que desconocía, ambos lejos de su tierra.

Irma necesitó sanar su culpa e intentó alejarse de Mónica para no entorpecer su dolor; ya el suyo era demasiado indescriptible como para tener algún consuelo coherente hacia su amiga. Y cada vez que abrazaba a su hija sentía que las piernas le temblaban, que en algún lugar Sofía las miraba.

Mónica, con un pedazo de vida menos, se hizo cargo de la fuerza que solo un hijo inyecta en las venas y en el alma y rescató a Irma del infierno de la culpa. Se levantó de su letargo como el león que descansa un rato cuando ve que en la selva cada uno cumple bien su rol, y rugió con una fuerza desconocida hasta para ella misma. Corrió, gritó, lloró y colaboró con los policías, con cada vecino que aportaba su cuota de desatino o de empatía, con su marido y con Carlos, con la ingenuidad de su hijo, que seguía dibujando garabatos para su hermana cada día en el jardín. Al año siguiente, Lucas aprendió con precisión el abecedario. Sofía fue el primer nombre que trazó en un papel amarillo; aún no había aprendido la “s”, según su maestra de turno.

Mónica buscó a Irma en cada paso, y la sigue buscando como compañera de una batalla que parece no tener un final predecible.

Dos años… y seguimos buscando a Sofía.

 

Nota: «Eran exactamente las 9:52 del 10 de junio de 2013 cuando Ángeles Rawson ingresaba al edificio de Ravignani 2360, en la Ciudad de Buenos Aires, para volver a su casa tras la clase de gimnasia. Sin embargo, al departamento nunca llegó.»

Creo que este relato surgió unas pocas horas después de la noticia. En Argentina supimos que Ángeles apareció. Sin vida.

Por todas las Ángeles y las Sofías que seguimos buscando. #Niunamenos.

Poli Impelli

Plural: 5 Comentarios Añadir valoración

  1. elhund dice:

    Muy duro, sin duda uno de los más grandes problemas morales de nuestra sociedad.

    1. Poli Impelli dice:

      Coincido, y no es fácil escribir sobre ello. La ficción ayuda a tomar conciencia.
      Muchas gracias por pasar y dejar tus palabras.
      ¡Saludos!
      Poli.

  2. carlos dice:

    Cada día en cualquier lugar sucede, es sucio, injusto, inmoral, violento, indecente y temo que no tiene otro remedio que la pena de muerte. Un abrazo.

  3. Yentelman dice:

    Joer, qué duro… Sin palabras :´(

    1. Poli Impelli dice:

      Lo sé… pero es a diario y en el mundo. Gracias por pasar y dejar tu comentario. Ya te tengo a ti para reírme a carcajadas (que aquí en Londres me vienes como anillo al dedo! jaja). Abrazos.

Soy todo oídos... ojos. Bueno, que me cuentes lo que quieras.