De colores

La actitud es el pincel con el que la mente colorea nuestra vida,

y somos nosotros quienes elegimos los colores.

Adam Jackson

 

Sentí bronca por otra despedida. Valeria me miró con sus ojos húmedos; sé que temía por mí, como buena madre que es con sus hijos. Con apuro y abrumada por la humedad y el calor, tranquilicé a mi amiga hasta que subí al tren. Se puso en marcha y la perdí de vista.

En el primer vagón sentí las miradas sobre mi cuerpo, parecían asesinos con ganas de violarme, matarme, y apuré el paso a los empujones. Si pisé a alguien, poco me importó el sufrimiento ajeno; consideré que el mío era mucho más fuerte y evidente. Ya con un recorrido anterior, estaba harta de las miradas indiscretas y de los pocos lugares en donde podía sentirme cómoda. ¿Qué mierda veían en mi rostro, en mi cuerpo? Hubiera escupido a gritos la furia que me provocó rozar esos otros cuerpos y sentir con certeza que estaban observando el mío.

Mi camarote no era lo mejor que encontré luego, pero ya venía cargada de bronca por lo que me había costado encontrar ese pasaje. Todo olía a rancio, y mi corazón comenzó a palpitar cuando descubrí que mi litera era la última de tres, arriba. Mi altura no es favorable para este tipo de travesías, sobre todo en las noches para bajar al baño, si es que pude llamarlo así en algún momento de desatino. Tuve que tener cuidado de no dejar nada a la vista; allí con mirarte ya te robaban todo lo que llevabas puesto, y lo invisible, también. Puteé por dentro, me sentí sola y maldije haberme subido a ese puto tren.

Una parejita que me resultó melosa, para más inri a mi soledad, se acomodó debajo de mi «cama» y oí los besuqueos y las risitas durante las treinta y cuatro horas de viaje. El tren parecía una carreta, se podía distinguir el paisaje pero poco me interesó, ya que lo único que deseaba era dormir en algo decente.

Después de ese viaje me alegré de no tener que volver a tomar otro tren en la India.

(ENOJO/IRA)

 

Me apuré con los nervios a cuestas, tropecé dos veces sobre mis propios pies. Los ojos de Valeria me miraban sin consuelo. Ella venía detrás, intentando no llorar, aunque no pudo contener la risa. El sonido de una carcajada suya me dio alivio; por dentro yo era un manojo de dudas y nervios escondidos.

Antes de que el tren arrancara pudimos ver a qué me enfrentaría, pero subí y me pareció tan divertido que todo fuera informal (nadie pidió billetes, nadie controló a los pasajeros, no había señalización interna), que tambaleando pasé con mi sonrisa entre la multitud de caritas que no me sacaban los ojos de encima. De Luisana Loreley no tengo ni la sombra, pero me sentí una especie de modelo codiciada por un rato. El estrecho corredor, que olía a picantes entre los camarotes, se convirtió en mi pasarela de turno: mis pelos enredados en una coleta, unos pantalones anchos coloridos y una camiseta blanca y holgada que parecía el camisón de mi difunta abuela Nina. Sin embargo, es gracioso volver a percibir cómo un extranjero atrae la atención de los foráneos, y este caso no fue diferente.

Al abrir mi compartimento, las telitas que rozaron mis manos me recordaron las funciones de títeres que veía cuando era pequeña, esos telones improvisados que me llenaban de emoción, antes de ver a los personajes. Si tirabas mucho de ellas, estoy casi segura que se venían abajo. Mi sorpresa fue que volví a ver personajes, pero esta vez me parecieron el El Show de los Muppets, y casi recuerdo que hablé sola y en castellano; algo dije en voz alta. Adentro, los cinco rostros giraron para mirarme, y mis sentidos registraron que allí estaban de pic-nic. ¿No acababan de subir acaso antes que yo, o casi al mismo tiempo? Ya estaban picoteando, arreglando sus cosas como hormiguitas en un espacio demasiado reducido. La joven a mi derecha enredaba sus manos en el cuello de su chico, y los dos me sonrieron en plan bienvenida.

Perdí de vista a Vale en cuanto el tren se puso en marcha. Yo ya intentaba equilibrar mis pies subiendo a mi litera; demasiado espacio entre los escalones para mi poco estado físico y el tamaño corcho de mi longitud vertical. El cansancio no me dio mucho tiempo para darme cuenta en dónde estaba realmente, y quedé dormida oyendo murmullos extraños, sorprendida, ahogando una carcajada hacia mí misma, a la locura de travesía que estaba embarcando sin saber si era un sueño o parte de la realidad que ya había soñado. Quizá me quedó el gustito de ser, por unos minutos, una hermana gemela de Luisana perdida en un tren de la India.

(HUMOR)

 

Recuerdo aquella despedida con cierta melancolía; todavía no olvido los ojos húmedos de Valeria, pequeña en ese andén pidiéndome que me cuide, porque ni yo sabía adónde me dirigía. Subí los dos escalones del tren mirándola con amor y gratitud, sintiendo el peso de mi mochila, que también cargaba kilos de incertidumbre.

Al llegar a mi camarote, después de verme en las miradas ajenas, espejos de mis dudas y de la necesidad de establecer acuerdos entre lo que para ellos era rutina y para mí una aventura, ya el tren se había puesto en marcha. Valeria quedó atrás, y con ella la calidez que provoca la seguridad, esa que otorga confort y compañía.

Allí, sola en mi litera, pude reconocer aromas y sonidos que no me habían llegado antes; el aroma a dulces y a picantes, el murmullo que sonaba en los labios de una parejita acurrucada debajo de mi litera, el ruido de los plásticos y cartoncitos que se abrían con los dientes y unas voces que comenzaban a gritar por los pasillos ofreciendo bebidas calientes y refrescos a los pasajeros. Aunque estuviera rodeada de gente, en ese momento me di cuenta de la soledad, que se aferró como una garrapata a mi piel e incrustó sus pequeñas garras para no soltarme por un buen tiempo futuro.

Abrí el teléfono celular y dos lágrimas resbalaron por mis mejillas; él me pedía, me rogaba que tuviera esa fortaleza conocida de la cual me había empapado otras veces, y que no me detuviera ante el miedo. Ellos, allá muy lejos, me alentaban como si hubiera comenzado un campeonato deportivo o un concurso de algo con lo que yo había soñado y me había costado tiempo, dinero y sacrificio como para animarme a participar. Luego, con el arácnido aferrado a mi piel —y con más años de vivencias encima— comprendí que el desafío en ese tren fue un campeonato con la vida, con MI vida.

Hoy, unos tantos años más tarde, sigo recordando la mirada de Valeria, la humedad del cielo, la clara oscuridad de ese pasillo, las voces ajenas pero a la vez cercanas y familiares, la garrapata que decidió ser amiga inseparable y fiel consejera, y mi propio cuerpo, lleno de una habilidad humana innata para desafiar los tiempos y espacios que no son tan míos.

Aquella noche cerré los ojos pronto. Las dos lágrimas se duplicaron por un rato hasta que desaparecieron junto a mi cansancio. Sabía que no las olvidaría jamás y no me equivoqué. Evoco aquella noche junto a esta foto como una de las más cálidas, trascendentes y solitarias de mi existencia hasta hoy. En ese tren dejé mucho del peso que llevaba en mi mochila, pero cargué también otro vagón de vida.

(NOSTALGIA)

 

La mirada de Valeria en el andén me recordó a mamá, pidiéndome siempre que me cuide porque, pase lo que pase, soy yo la responsable de mi vida. Cuando Vale me abrazó, sus ojos ya cargaban algunas lágrimas… como si en vez de despedir a una amiga, le hubiera estado diciendo adiós a una hija. La miré sonriendo.

—No te preocupes —dije—. Todo va a salir bien.

Más de tres veces le agradecí su tiempo, la compañía y los consejos, porque sin ella la experiencia hubiera sido, sin lugar a dudas, bastante más compleja y complicada.

La miré por última vez, me tomó una foto con su teléfono celular y respiré profundo encarando el pasillo del tren. Me sorprendí al observar cómo me miraban y me daban paso, mientras ya me sostenía de los fríos barrales a los costados de los camarotes. No estoy sola, pensé, sonriendo con alivio. Se debe de haber notado en mi rostro, ya que al abrir la débil cortina que separaba las literas del pasillo, cinco caras sonrieron al mismo tiempo. Dos de ellos sostenían comida y paquetes en sus manos, otro acomodaba la manta en su litera y una pareja joven a mi derecha me dio la bienvenida con un «hello».

Mi «cama» estaba a gran altura e hice malabares para llegar a destino sin tropezarme, pero agradecí con el pensamiento mis años de senderismo y caí con todo mi peso en la dureza de un cuero negro, gastado y fino. Mi manta olía a rancio, y el tumulto de gente que entraba y corría por el pasillo me asustó más de una vez. Me acurruqué y encendí mi teléfono celular; de la soledad pasé a los besos, a los abrazos y al fiel apoyo de quienes más me amaban. Dos lágrimas resbalaron por mis mejillas, el corazón brincó con gratitud infinita por haberme animado a subir a ese tren, por sostener la valentía de haber elegido el lugar más económico solo para convivir, ver y sentir lo que otros sienten en sus rutinas, que no se asemejan en nada a la mía. Apenas pude ver el cielo oscuro y estrellado por una pequeña ventana detrás de mi cabeza, y ese infinito me conectó con el lado valiente que llevo dentro. Sonreí. Sonreí al celular, al cielo, al hindú que me observaba desde la litera paralela a la mía y a mi corazón.

El cansancio no me dio mucha tregua para mantenerme vigilante y despierta, pero recuerdo lo último que salió de mis labios, bajito y en un idioma que no es mío, pero que me conectó y me sigue conectado con el mundo entero. «Thanks».

(GRATITUD)

Yo.India
La cuñada de Michael Bublé

Hechos tal cual sucedieron (sin imaginación, sin sentimientos, sin visión personal, sin subjetividad, sin reflexión interna, sin emociones, sin creatividad).

Bombay, 19:30 hs. Mucho calor y humedad de un 90%. Llegamos con Valeria casi corriendo, apurando el paso entre la multitud y adivinando cuál era el tren correcto. Cero señalización, cero ayuda, pura supervivencia. Nos abrazamos fuerte, ella pidiéndome en súplicas que me cuidara; yo sosteniendo el peso de mi mochila en la espalda, agradeciéndole todo lo que ya había hecho por mí. Me sacó una foto rápida con el celular y levantó el pulgar, le sonreí y le tiré varios besos con la mano. No pude volver a mirar atrás porque el enjambre de gente me empujó hacia adentro. Pasé por un pasillo estrecho repleto de muchos colores y… aromas. No tenía ni idea dónde estaba mi camarote, pero supuse que aún quedaban unos cuantos pasos. Llegué más por intuición que por certezas, y al abrir la cortina finita divisé a tres hindúes y dos extranjeros como yo. Estaban ordenando sus cosas en silencio, uno solo me miró y le sonreí. Deduje que mi litera era la más pegada al techo y observé la poca distancia que quedaría entre mi cabeza y el techo del tren (supuse y supongo que un ataúd podría ser más cómodo). Subí sosteniéndome de los barrotes con dificultad y me senté a mirar al resto. Mucho ruido, muchas luces, mucho calor; asfixiante. Encontré la manta y apenas el tren se puso en marcha encendieron un aire extraño y me tapé los pies. El teléfono celular no paraba de vibrar pero yo solo quería dormir. Pensé: «no puedo ser tan mala onda; ¿quién carajo sabe lo que estoy viviendo?», así que comencé a responder y a agradecer las palabras y las señales de afecto. En ese momento era lo mejor que podía recibir a la distancia. Ya no vi a Valeria, solo el techo encima de mi cara. No sé en qué momento me quedé dormida, porque el calor se convirtió en un frío intenso y me desperté sobresaltada varias veces. Pasaban algunos gritando por los pasillos vendiendo chai y sus bebidas típicas, pero me ganó el cansancio más de una vez. Me desperté en la mañana siguiente; ya no es parte de este corto espacio de tiempo en el relato.


Escribir este último párrafo me costó mucho (MUCHO) más que cualquiera de los otros cuatro. Me quedé mirando el monitor… «¿Y?». Me costó recordar y poder enumerar los hechos como si mi mente fuera la de un robot. Seguro me estoy olvidando de mucho; seguro que sentí, que olí, que percibí, que palpé, que me emocioné, que puteé, que la piel se me erizó, que me asusté, que sentí gratitud, que intenté hablar con otros, que otros intentaron hablar conmigo. En un espacio de tiempo entre que nos despedimos con Valeria y yo cerré mis ojos sobre la litera pasó una eternidad.

Cuando uno escribe, necesita recordar con el corazón, volver a pasar por la experiencia (propia o ajena), tener un disparador y a ello sumarle imaginación, creatividad, emociones —humanas, que nos atañen a todos por igual. ¿Acaso la ira, la melancolía, el humor, el amor, la bronca, la nostalgia no nos pertenecen a todos por igual? Cada relato, microrrelato, poema, cuento, novela deberían de tener, aunque sea, algo de todo este combo que nos es común, más allá de los idiomas, las razas, las culturas, el pedazo de tierra en donde hayamos nacido o el que estemos ocupando hoy. La misma vivencia se puede contar de muchas maneras posibles. Dependiendo de las emociones que yo elija y utilice al escribir (depende de cómo lo quiera ver yo primero), será la forma en que te llegará a ti ese relato, ese poema, ese cuento, esa novela. La objetividad es para las biografías y los ensayos (y solo a veces); no hay manera de escapar a la lente personal si quieres que el lector se estremezca, se enoje, sienta asco, se emocione, putee, tire lágrimas o se ría. Nuestro éxito es que el lector crea que realmente sucedió, o que lo ha sentido de la forma en que nos expresamos. Cuando recibimos opiniones, comentarios o preguntas y pensamos: «Bien, cree que me pasó a mí»; «¿me lo pregunta en serio? ¿De verdad cree que la primera persona del narrador soy yo?»; «ese comentario no tiene que ver con mi texto; está poniendo su propia mirada emocional y personal a algo que dije y le recuerda su propio dolor, fastidio, alegría, amor, ira, etc.» es que estamos por buen camino. Significa que nuestro lector, amoroso e ingenuo pero fiel, se creyó el cuento tal cual se lo hemos contado, y ese es el embrujo de la ficción. Porque, aquí arriba, yo no he mentido: los cuatro textos son de la misma vivencia, pero mi manera de contarla y mis emociones son diferentes a la hora de transmitirla. Tuve que sentir la furia adentro como para describir algo así, y luego reírme un rato para ponerle humor (y recordar lo que sí me causó carcajadas, aunque no sea sobre lo mismo que decido contar), y bajarme a un nivel de melancolía y luego solo de gratitud, sin tanta descripción de lo externo.

De colores. Pintamos las palabras de colores 

según nuestra perspectiva al transmitirlas.

Y todo este rollo para recordarte y recordarme que esto mismo pasa en la vida. Depende de cómo lo cuentes, las palabras que utilices y la forma en que miras esa vivencia personal, la manera en que le llegará a tu interlocutor. Porque un divorcio puede ser la experiencia más nefasta de tu vida o tu salvación personal y crecimiento necesario. Porque una despedida puede ser inolvidable o una más en tu lista personal. Porque una pérdida puede ser tu caída al vacío o tu mejor maestra. Porque lo peor puede ser lo mejor y viceversa. ¿De qué depende? De tu ojo, de tu mirada, de las emociones que estás sintiendo a la hora de contarlo, a la hora de compartirlo, a la hora de darlo a conocer. Para mayor prueba, las redes sociales. Son el Gran Hermano que revela cómo miramos el mundo, de una forma sutil y subliminal, pero no escapan a lo esencial: nuestras palabras.

Words with colours.Poliimpelli (1)
En la vida también existen colores… y pintamos las palabras de colores, según nuestra perspectiva al transmitirlas.

 

Bienvenidos a mi nuevo espacio, que no dejará de repartir y recibir abrazos infinitos, donde todo lo que digas y opines será usado a mi favor y no en tu contra, porque mi mirada hacia el mundo es transparente, agradecida y liviana. Mis emociones no son ajenas a mi cuerpo, a mi corazón y a mi mente. Por lo tanto, no encontrarás recetas, ni los 10 pasos para maquillarte en menos de 5 minutos, ni algún texto vacío de algunos ingredientes como la furia, el amor, las carcajadas, el miedo, la valentía, el asco, la melancolía, el olvido y el recuerdo, el conflicto y la resolución. Porque no te miento: tú y yo compartimos las mismas emociones, somos de la misma materia prima, aunque yo sea muy parecida a Luisana Loreley.

Bueno… en algo teníamos que diferenciarnos. 😉

Miles de abrazos infinitos, porque a caminar se aprende caminando y los primeros pasos en algo jamás se olvidan.

GRACIAS por leerme.

Poli Impelli.

etiqueta-safe-creative

 

 

 

 

 

 

Plural: 22 Comentarios Añadir valoración

  1. carlos dice:

    El texto es magistral e indiscutible. Muchas gracias por revelar tus pensamientos y permitirme acceder a ellos. En efecto, somos en parte como sentimos, incluso cuando inventamos mentiras creíbles. Un abrazo.

    1. Poli Impelli dice:

      Gracias, Carlos, por leer y dejar tu comentario. Coincido contigo, incluso en las mentiras hay colores ;-).
      Gran abrazo de vuelta.

  2. laacantha dice:

    Lo más lmportante…. nunca, jamas permitir que alguien o algo te convertiera tu paleta de colores en el único color ” gris”. Muy, muy buena entrada. …” La actitud es el pincel con el que la mente colorea nuestra vida,”.¡.A por ello…por la actitud de mil colores! Un beso pero bien colorido.

    1. Poli Impelli dice:

      Coincido contigo. Has visto que siempre hay gente que insiste en ver todo gris y si les sobra tiempo, intentan unirte a sus grises. Me quedo con los colores, y cuanto más variados, mejor. Hay que ver cómo se cuentan las experiencias, ¿verdad? 😉 A por ello, entonces.
      Gracias por tus cálidas palabras y disculpa la tardanza en responder.
      Beso de vuelta, hermoso tenerte en mi espacio.

  3. ¡Eres genial Poli! Es verdad que todo depende del punto de vista con que miremos y de las emociones que sintamos en ese momento y el mismo texto varía considerablemente.
    ¡Qué te vaya muy bien en tu nuevo blog! 🍀
    Un abrazote de arco iris 😘

    1. Poli Impelli dice:

      Muchísimas gracias, por leer y dejar tus cálidas palabras.
      Siempre es un placer tenerte cerca. 🙂
      Disculpa la demora, recién puedo ver los comentarios.
      Abrazo de colores de vuelta para ti.

  4. Marta dice:

    Qué placer leerte!!!!! Éxitos en este nuevo espacio! !!!! Se va a convertir en mi momento de lectura!!!

    1. poliimpelli dice:

      Muchas gracias, Tuli! Una alegría que pases, leas y dejes tus palabras. 🙂

  5. MJBeristain dice:

    Aquí estamos Poli, siguiéndote allá donde vayas, por si en algún momento necesitas de esos abrazos entrañables. Un gran beso

    1. poliimpelli dice:

      María, muchas gracias. Esos abrazos siempre son necesarios, así que un placer tenerte aquí también. Besos de vuelta y gracias por pasarte. 🙂

  6. marguimargui dice:

    Queeee, hola, que estoy aquí, que no lo he leído, que lo voy a hacer, que no sé seguirte solo te encontré rebuscando en los bolsillos…ains que bonito el blog, nunca tendré la paciencia de hacer algo tan bonito. voy al móvil a ver si puedo

    1. poliimpelli dice:

      Ajajaja, pues piénsatelo bien. Después no me invites a Madrid, porque aunque no me leas, yo iré igual.
      Gracias, mi Margui. Es lo que alcancé a hacer, todavía estoy “en veremos”. Bonita sos vos, eh! Abrazo de los míos.

      1. marguimargui dice:

        No sé qué hacer para seguir el blog argggggggg

        1. poliimpelli dice:

          Hay una opción, Margui, pero también algún error porque no eres la única que me lo menciona.
          Voy a ver qué sucede… arggggggggggg

        2. poliimpelli dice:

          Si hay algún error, todavía no lo encuentro! arggggggggg

        3. poliimpelli dice:

          Si hay algún error, todavía no lo encuentro! argggggggggggg

  7. Junior dice:

    Bienvenida por segunda ver. Aqui estoy a tu lado. Feliz jueves. Abrazos.

    1. poliimpelli dice:

      :-). Gracias, Junior, por acercarte otra vez. Feliz jueves, ¡más abrazos de vuelta!

  8. Mary dice:

    De colores. Pintamos las palabras de colores… según nuestra perspectiva al transmitirlas.. esa es la ACTITUD.. PINCELADA a vidas opacas y aburridas.. y vos pincelas mejor que MUCHOSSS..sigue así, tu camino se está llenando de colores..mates y satinados..es divertida LINDA..llena de experiencias q guardar y/o contar (evitemos mencionar cierta/os seres) graciassss por manchar con tus colores nuestros camino. Tq

    1. poliimpelli dice:

      Hay que dar las mejores pinceladas que tengamos, y cuando no, evitar usar el pincel. Mejor huir de quien no tiene colores para dar o se mueve en los grises. Ya no queda tanto tiempo; me parece mejor vivir en colores. También te quiero. Gracias por pasar y comentar, es todo un honor para mi Ser. 😉

  9. Y va el like y le pregunta al Otro Mundo si quiere seguir este blog… ¡la duda ofende!

    ¡Bienhallado sea este blog!

    1. poliimpelli dice:

      Ajajaja, disculpad vosotros tal ofensa (y mira qué bien escribo en puro español… ojo que para el “vosotros” debo hacer fuerza). Bienvenidos con mi alegría de tenerlos por aquí. Y vamos, que hay que plantar banderas (ufff, no sé pa qué me meto en estos trotes). Abrazos de los míos para los dos.

Soy todo oídos... ojos. Bueno, que me cuentes lo que quieras.