Carpe Diem

en

El consultorio estaba situado en un piso alto desde el que se veían el mar reluciendo a lo lejos y la pendiente de la calle Muntaner punteada de tranvías que resbalaban hasta el Ensanche entre grandes caserones y edificios señoriales. La consulta olía a limpio. Sus salas estaban decoradas con gusto exquisito. Sus cuadros eran tranquilizadores y llenos de vistas a paisajes de esperanza y paz. Sus estanterías estaban repletas de libros imponentes rezumando autoridad. Sus enfermeras se movían como bailarinas y sonreían al pasar. Aquél era un purgatorio para bolsillos pudientes.

—El doctor le verá ahora, señor Martín.

El doctor Trías era un hombre de aire patricio y aspecto impecable que transmitía serenidad y confianza en cada gesto. Ojos grises y penetrantes tras lentes montados al aire. Sonrisa cordial y afable, nunca frívola. El doctor Trías era un hombre acostumbrado a lidiar con la muerte, y cuanto más sonreía, más miedo daba. Por el modo en que me hizo pasar y tomar asiento tuve la impresión de que, aunque días antes, cuando empecé a someterme a las pruebas, me había aclarado de recientes avances científicos y médicos que permitían albergar esperanzas en la lucha contra los síntomas que le había descrito, por lo que a él concernía no había dudas.

—¿Cómo se encuentra? —preguntó, dudando entre mirarme a mí o a la carpeta que tenía sobre la mesa.

—Dígamelo usted.

Me ofreció una sonrisa leve, de buen jugador.

—Me dice la enfermera que es usted escritor, aunque veo aquí que al rellenar el cuestionario de ingreso puso que era mercenario.

—En mi caso no hay diferencia alguna.

—Creo que algunos de mis pacientes es lector suyo.

—Confío en que el daño neurológico causado no haya sido permanente.

El doctor sonrió como si mi comentario le pareciese gracioso y adoptó un ademán más directo que daba a entender que los amables y banales prolegómenos de la conversación habían terminado.

—Señor Martín, veo que ha venido usted solo. ¿No tiene usted familia inmediata? ¿Esposa? ¿Hermanos? ¿Padres que vivan todavía?

—Eso suena un tanto fúnebre —aventuré.

—Señor Martín, no le voy a mentir. Los resultados de las primeras pruebas no son todo lo halagüeños que esperábamos.

Le miré en silencio. No sentía miedo ni inquietud. No sentía nada.

—Todo apunta a que tiene usted un crecimiento alojado en el lóbulo izquierdo de su cerebro. Los resultados confirman lo que los síntomas que usted me describió hacían temer y todo parece indicar que podría tratarse de un carcinoma.

Durante unos segundos fui incapaz de decir nada. No pude ni fingir sorpresa.

—¿Cuánto hace que lo tengo?

—Es imposible saberlo a ciencia cierta aunque me atrevería a suponer que el tumor lleva creciendo desde hace bastante tiempo, lo cual explicaría los síntomas que me ha descrito y las dificultades que ha experimentado últimamente en su trabajo.

Respiré profundamente, asintiendo. El doctor me observaba con aire paciente y benévolo, dejando que me tomase mi tiempo. Intenté empezar varias frases que no llegaron a aflorar a mis labios. Finalmente nuestras miradas se encontraron.

—Supongo que estoy en sus manos, doctor. Usted me dirá cuál es el tratamiento que tengo que seguir.

Vi que los ojos se le inundaban de desesperanza y que se daba entonces cuenta de que yo no había querido entender lo que me estaba diciendo. Asentí de nuevo, combatiendo la náusea que empezaba a escalarme la garganta. El doctor me sirvió un vaso de agua de una jarra y me lo tendió. Lo apuré de un trago.

—No hay tratamiento —dije yo.

—Lo hay. Hay muchas cosas que podemos hacer para aliviar el dolor y para garantizarle a usted la máxima comodidad y tranquilidad…

—Pero voy a morir.

—Sí.

—Pronto.

—Posiblemente.

Sonreí para mí. Incluso las peores noticias son un alivio cuando no pasan de ser una confirmación de algo que uno ya sabía sin querer saberlo.

—Tengo veintiocho años —dije, sin saber muy bien por qué.

—Lo siento, señor Martín. Me gustaría poder darle otras noticias.

Sentí que finalmente había confesado una mentira o un pecado venial y que la losa del remordimiento se levantaba de un plumazo.

—¿Cuánto tiempo me queda?

—Es difícil determinarlo con exactitud. Yo diría que un año, año y medio a lo sumo.

Su tono daba a entender claramente que aquél era un pronóstico más que optimista.

—¿Y de ese año, o lo que sea, cuánto tiempo cree usted que puedo conservar mis facultades para trabajar y valerme por mí mismo?

—Es usted escritor y trabaja con su cerebro. Lamentablemente ahí es donde está localizado el problema y ahí es donde nos encontraremos con limitaciones.

—Limitaciones no es un término médico, doctor.

—Lo normal es que a medida que avance la enfermedad los síntomas que ha venido usted experimentando se manifiesten con más intensidad y frecuencia y que, a partir de cierto momento, deba usted ingresar en un hospital para que podamos hacernos cargo de su cuidado.

—No podré escribir.

—No podrá ni pensar en escribir.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé. Nueve o diez meses. Tal vez más, tal vez menos. Lo siento mucho, señor Martín.

Asentí y me levanté. Me temblaban las manos y me faltaba el aire.

—Señor Martín, entiendo que necesita tiempo para pensar en todo lo que le estoy diciendo, pero es importante que tomemos medidas cuanto antes…

—No me puedo morir todavía, doctor. Aún no. Tengo cosas que hacer. Después tendré toda la vida para morirme.

-CARLOS RUIZ ZAFÓN- (El Juego del Ángel)


Nunca sabes cuánto tiempo te queda…

DISFRUTA.

Y ESCRIBE.

-Poli Impelli-

Plural: 7 Comentarios Añadir valoración

  1. torpeyvago dice:

    Gracias por darme a conocer este texto, que desconocía por completo —es que no he leído nada del autor, lo reconozco—
    Álef dos más uno

    1. Poli Impelli dice:

      De nada y cuando puedas, date el gusto de pasar por su Cementerio de Libros Olvidados. No te vas a arrepentir. 🙂
      Me llevo los tres Álef. Van tres de vuelta!

  2. marguimargui dice:

    Jajajaja madre mía, me ha costado pillarlo.
    Yo pensando siempre que soy más cerda y no.
    Simplemente es el cambio de emisario Jajahsha

  3. marguimargui dice:

    Y digo yo. Para que leo libros, si no me acuerdo luego.
    Este es la secuela de la Sombre del Viento no?
    Venga jajajaja dame de collejas jajajaja
    En fin me gusta que nos recuerdes estos diálogos y nos pongas las pilas perra.
    Te tengo cerca

    1. Poli Impelli dice:

      Yo no me acuerdo de los finales… si eso te sirve de consuelo, jaja.
      Es el que le sigue, sip.
      Yo también, cerca, solo que mientras tu te vas quitando ropa yo me voy poniendo encima. 😉
      Gracias, Margui, besosss!

  4. La Rubia dice:

    Emocionalmente intenso. A disfrutar. Besos y abrazos

    1. Poli Impelli dice:

      Gracias, rubia hermosa!
      Besos y abrazos de vuelta 🙂

Soy todo oídos... ojos. Bueno, que me cuentes lo que quieras.